Ella
daba vueltas por la casa en busca de las cosas que quería llevar
mientras terminaba de arreglarse.
A
el siempre lo sorprendía la facilidad que ella tenia para estar lista
en 5 minutos, y si bien no se lo decía, en el fondo, la prefería saliendo de pelo mojado, con los zapatos en la mano y puntual, que
super arreglada pero demorada.
Es
que el si era puntual, ella lo adjudicaba a su trabajo, “los
profesionales estructurados viven adentro de una agenda” le decía cada tanto,
un poco para pelearlo, un poco para justificar su desorden de esos días que la tenían de vacaciones.
Confirmaba cada vez, que entre el
mensaje de “Llegando” y los dos bocinazos , nunca habían mas de
10 minutos, por eso desde hacia un tiempo y calculando ese margen,
ella había optado por esperarlo en el portón.
Pero
esta vez era diferente, el curso de cocina que una de sus amigas
hacia y las llevaba al ritual de juntarse cada miércoles a probar el
plato de la semana y a confesarse entre cervezas, puchos y comida
gourmet, hizo que la noche anterior se extendiera mas de la
cuenta.
Esa
mañana la encontró casi sin dormir y con la necesidad de una cabeza de repuesto, por lo que no fue posible calcular los famosos 10 minutos
y mucho menos esperar en el portón...
Bajó mas que demorada. Subió al auto mas que despacio.
Pero no fue
necesario aclarar nada...
“Uh... Larga la noche de chicas? Del dolor de cabeza me encargo yo...”
Adorable
complicidad, pensó...