abril 16, 2015

Al fin... y al Cabo

Este viaje se hizo más largo que otros.
La carretera parecía perderse entre tanto cielo y tanto campo.
Capaz, esta vez las ganas de llegar eran mayores.
Me vinieron a la cabeza las palabras de Testoni al darle un color al Uruguay,
“celeste y verde”, dijo con énfasis. Que razón tenía y que buen fotógrafo era.
Por un momento recordé porque prefiero viajar a la noche.
La noche invita a hacer ruta, la música también hace lo suyo y cuando quiero acordar, llegué.
Al menos la música no faltó, Catupecu Machu sonó por casi tres horas, en las que también repasé su último concierto en la Trastienda.
En realidad repase casi todos los conciertos a los que fui en la Trastienda, bastantes por cierto, es que tres horas  de ruta dan para repasar mucha cosa!
Esta vez venía con  la intención de entrar al Cabo caminando, pero desistí. Había un camión listo y con lugar, ni lo pensé.
Me trepe,arriba y adelante, buena vista,buen lugar para sacar fotos.
El vaivén del camión, el viento en la cara,  el ruido del mar a lo lejos, son como la antesala de lo que me espera y lo espero… Derrepente me doy de frente con ese mar que parece que no me entrara en los ojos, el olor del océano me llena cada rincón del cuerpo y me siento feliz.
Veinte minutos después, el camión que se aleja y el silencio que lo desborda todo. Y esas ganas locas que me vienen de hacer todo, como si nunca hubiese pisado este lugar.

Dar la vuelta al Cabo, caminar por horas, sacar fotos, dejarme atropellar por el viento, meterme al agua aunque este helada, espantar las gaviotas de la orilla,  contar los 12 famosos segundos de oscuridad, una cerveza en la orilla, comida rica hecha por amigos, con suerte una noche con noctilucas, dormir con el ruido del mar bajo el cielo más estrellado que he visto en mi vida, con las lunas más enormes que encontré jamás.
Entonces pienso, todos deberían 
de tener un lugar al que escapar cada tanto. Una suerte de “refugio”.
El Cabo es el lugar que me devuelve la energía que creo perdida.
Siempre me espera. Siempre me alivia.
Queda más de mí en él,  de lo que me traigo de vuelta.
Y lo agradezco.