Él llegó
en hora, traía en la mano una bolsa de
papel que dejaba entrever un libro, a ella le gustaba que le leyeran, él lo sabía y también esa, era una de sus formas
de consentirla.
Ella había
hecho lo que hacía tiempo habían bautizado como “llamada de emergencia”.
En algún
rincón, él tenía algo de “boy scout siempre listo”, al menos para con ella.
Si
fuesen capaces de asumirlo, le llamarían incondicionalidad, pero hacía tiempo que
ninguno de los dos estaba dispuesto a etiquetar el vínculo que de alguna forma los mantenía cerca desde hacía
un buen tiempo. Existía y eso parecía alcanzarles.
Era de
los pocos varones que ella conocía, que
cuando preguntaba, “que te pasa” o “como estas”, realmente esperaba que una le
contara todo, con pelos y señales, con detalles, sin saltearse nada.
Sin
decir ni una palabra, el dejó la bolsa arriba de la mesa, y después hizo exactamente lo que ella
necesitaba que hiciera…
“Hay abrazos que deberían de durar siglos”,
pensó…